I 10-03-2017
Por:
Mayra Fonseca
“Sírvele a tu hermano”, “Pásale los zapatos a tu papá”,
“Él viene cansado”, “Tu no porque eres niña”, “Siéntate bien”, “Debes aprender
a hacer de comer para que atiendas a tu marido”, “Los hombres piden más de lo
que tú crees” (Refiriéndose cuando fuera Mujer adulta) son los discursos repetidos
a manera de mandato en los que desarrolle mi primera infancia. La mayoría de
los mensajes provenían de mi madre haciendo una marcada diferenciación de esto
que hoy se llama roles de género. Recuerdo las tardes de telenovelas en la sala
de la casa escuchando una y otra vez las historias de una muchacha pobre que
por azares del destino conoce a un hombre rico y se casa con él. En casa de los
abuelos yo podía observar “como si las cosas fueran dadas” la siempre atención
de mi abuela hacia mi abuelo. Él hombre conservador, de mal genio, desconfiado,
tacaño e inútil a las tareas del hogar, que constantemente repetía por la casa
“ándale mujer, apúrate tu hazlo”, “pásame la sal”, “ya tengo hambre”, “A donde
vayas tengo que ir contigo”. Familia donde por un acuerdo familiar a manera de
secreto y tema que casi nunca nadie tocaba se sabía que el abuelo pese a que
habían procreado 5 hijos siendo un hombre joven no se ocupo de llevar un
ingreso para la manutención de sus hijos, se murmuraba que había sostenido relaciones
sentimentales extramatrimoniales y sus hijos incluido mi padre daban testimonio
de haber sufrido violencia intrafamiliar cada vez que él llegaba borracho de
las cantinas del pueblo.
Quizás el mismo sentimiento de rebelión y de molestia
ante actitudes de sometimiento y dominación me motivó cierto día en que mi
madre me dio la orden de atender a mi hermano cuando dije “Ya basta” (Tenia 9
años de edad) ¿Por qué le tengo que atender yo? ¿Acaso no tiene sus propias
manos para servirse agua el mismo? –Yo no lo voy a hacer-. Fui determinante. Su molestia y su enojo
fueron evidentes. No lo recuerdo pero debió costarme un cinturonazo. Aun
recuerdo el peso del fastidio y el sinsabor que me producía algo que aunque no
sabía si era correcto o incorrecto pero ya estaba hecho y la palabra dicha no
la podría retirar porque aunque era niña y aunque no sabía que en la vida adulta sería Socióloga eso me dio
un sentimiento de libertad. De igual modo mi padre motivado por los mismos
sentimientos que yo ese día relata cómo cansados de que el abuelo diera
semejantes “golpizas” a mi abuela y en consideración a que era un desobligado
un cierto día llego y quiso repetir la escena. Entonces los hijos todos niños
le detuvieron el cinto con el que pretendía golpearla tomándolo por las manos y
balanceándose de un lado por el otro en el jaloneo impidieron que golpeará a mi
abuela, la advertencia fue clara: “No le vuelva a poner una mano encima” “De
aquí en adelante póngase con nosotros NO con una mujer”. Cuentan que no se repitió
más la violencia o no al menos donde ellos lo volvieran a presenciar.
Son apenas algunos recuerdos que vienen
a mi mente y que sin duda hay más; sin embargo lo anterior da cuenta de que fui
socializada en el seno de una familia tradicional y patriarcal. La violencia
simbólica a través de marcados roles de género es la sombra que persigue a mi
familia, a mi persona y a muchas mujeres sin duda de nuestro contexto. La madre
de mi abuela, mi abuela y mi madre han sido parte de la gran masa de mujeres
oprimidas, sujetas a su marido y que comparten y refuerzan esa violencia
simbólica y social como una conducta aprendida y machacada en el imaginario
social donde se desarrollaron. Aun me indigna darme cuenta que con mi
preparación y cambio de criterio respecto a lo que es ser hombre y ser mujer.
Al interior de mi grupo familiar hay quienes me ven “diferente”. Al principio
no me creían capaz de concluir una carrera universitaria porque a escondidas
murmuraban: “a ver si no sale embarazada”. Una vez que concluí mi carrera
profesional y compre mi primer coche murmuraron: “De seguro se lo compro su
hermano el que vive en EUA”. Hay quienes siempre encuentran argumentos de
inferioridad por una sola razón, ser mujer. Pasa un tiempo y cuando fui
invitada por vez primera en un programa de radio al aire donde esos miembros de
la familia me vieron murmuraron: “Por algo la invitaron”, “Tiene alguna
influencia que la llevo a participar”. Esto último hoy me genera una ligera
risa pero principalmente me deja una gran reflexión. El machismo no es un tema
superado; la violencia de género la vivimos en el núcleo familiar primario y
donde las expectativas de cambio a una cultura libre de violencia sigue
acechada por un origen estructural sociocultural.
